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| Eladio de los Santos García |
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Otelo o el arquetipo del celhomicida
Eladio de los Santos
El autor es periodista y escritor
20 de noviembre de 2007
 William Shakespeare. | |
Shakespeare vive tanto como sus personajes más sin pares. Vive la eternidad. Vive en ella misma. Vive sin que el tiempo desmedre las células de su talento, el aliento de su arte. Todos sus personajes son él mismo, esporas de lo perpetuo.
Shakespeare ha dejado absolutamente al desnudo las grandes pasiones del alma humana a través de la caracterización de sus personajes. En su tragedia Otelo, por ejemplo, ha representado en toda su amplitud, la gallardía de un hombre (el moro) como producto de sus complejos de inferioridad. Es lo propio que siglos después nos diría el padre del Psicoanálisis cuando refería que la mayoría de los hombres prominentes lo han sido porque han dado riendas sueltas a sus infimidades. No por otra razón es que Otelo busca a través de la guerra y el eficiente servicio a la República de Venecia, la notoriedad y el prestigio que compensen su condición de negro y moro, atributos de "hombre inferior" para la sociedad de entonces (y de hoy). Es quizás por esto mismo que el propio Otelo, en la profundidad de su psiquis, considere que no es merecedor de una mujer bella y blanca como Desdémona y que por tal causa ella no le amaría verdaderamente. Que ella sólo admiraría sus proezas de héroe, que sólo esta cualidad del moro la atraería. Por tanto, ante esta "realidad", sería lógico pensar en factibilidad de los "cuernos". Es así, acaso, como ha operado en el protagonista su angustia de amante apasionado. Angustia que lo arrastrará hacia la tragedia.
Shakespeare era (es) toda una psicología; perfilaba sus personajes con acierto dianero, se adentraba en lo hondo del alma humana de la sociedad de su tiempo, y del ser humano de todos los tiempos. De allí emergieron estos arquetipos para representar los actos primarios del ser.
La acción de esta tragedia comienza con el encuentro de Yago y Rodrigo, este último un hombre bobo enamorado de Desdémona a quien Yago engaña y tima bajo la promesa de que hará artimañas efectivas para que él logre a su amada. De esta manera, Yago, el alférez de Otelo, lo acompaña a Chipre. Yago lleva a cabo su plan haciendo emborrachar a Casio, el teniente de Otelo, a quien este despoja del cargo por el desliz. Luego Yago hace que blanca, su esposa, le robe a Desdémona el pañuelo que Otelo le regaló para ponerlo en manos de Rodrigo, de tal forma que Otelo crea que Desdémona y Rodrigo se entienden hasta el punto de saborearse desnudos.
Esto provoca que el moro sienta unos celos terribles que lo empujan a matar a su esposa estrangulándola. Tras ese hecho, Otelo se da cuenta del error en que ha caído, o más bien del engaño de que sido objeto, cuando se desvela ante sus ojos toda la verdad, todo el plan urdido por Yago. Es entonces, ya extinguida toda esperanza, todo sueño, toda razón de existencia, cuando el moro decide suicidarse.
A decir de Juan Alarcón Benito, en Otelo "hay toda una filosofía del bien, del amor y del odio". Y esto no es menos. Ello indica que hay un interés del autor presentar, de manera categórica, su idea de la confrontación del hombre bueno y capaz de amar frente a la suciedad, perdón, sociedad, y por otra parte, el hombre que se regocija en la maldad, el odio, la envidia y el rencor.
Contra esta obra ha habido muchos detractores. Refiriéndose a ella el crítico Thomas Rhymer escribió, ochenta años después de la muerte de Shakespeare, lo siguiente: "La moral de esta fábula (Otelo) es, seguramente, muy instructiva. Redúcese a aconsejar a las mujeres hacendosas que cuiden bien de la ropa blanca... ¿Qué impresión edificante y útil puede producir en el auditorio semejante poesía? ¿Para qué sirve una poesía que extravía el buen sentido, que desordena los pensamientos, que turba el cerebro, que pervierte los instintos, que subleva la imaginación, que corrompe el gusto y que nos llena la cabeza de vanidad, de confusión, de desorden y de galimatías?
Esta aseveración podría ser producto de dos cosas: falta de juicio (tal como entendía Alfonso Reyes) o envidia. Lo más probable fuera que a la estética y al ánimo creativo de Shakespeare no le importaran la "moral de esta fábula" ni "aconsejar a las mujeres hacendosas" de cuidar "bien la ropa blanca", ni "el buen sentido" de la época, y ya fuera queriendo o no, consciente o no, su autor socavaba el prejuicio y la ideología raciales de su tiempo cuestionando los pensamientos (o autocuestionándolos), turbando al cerebro estereotipado, examinando los instintos, examinándolos y convocando al ser a redimirse de su podredumbre espiritual.
Otro de esos detractores, Lord Shaftesburry, dijo que Shakespeare poseía "un espíritu grosero y bárbaro", pero en verdad era que hasta lo grosero y bárbaro se refinaba en el arte shakesperiano. El crítico alemán Bentheim consideró a Shakespeare "una cabeza llena de locuras" (1680); y quizás era verdad, una cabeza llena de locuras que sólo un genio como él podía abrigar.
Voltaire, quien sin dudas no comprendió o "no aceptó" el talento del dramaturgo inglés, sermoneó que los ingleses tomaban "por un Sófocles" a un escritor cuyas obras eran "falsas monstruosas llamadas tragedias", con las cuales había hecho "perder al teatro inglés...". Sin embargo, hoy por hoy Shakespeare no es sólo tan grande como Sófocles, sino que sin él se hubiera perdido lo mejor del teatro inglés.
He ahí muestra de la envidia, el celo y la mezquindad (podreduras del alma tan criticadas por Shakespeare en sus obras) que puede suscitar el genio. Sin embargo la obra del talento resiste las arremetidas más sañosas y se erige inmortal frente a la malicia de esos rumiantes de amargura. Una obra no se hace mejor ni peor por la opinión que sobre ella externen los demás (a lo mejor sea lo contrario). Una gran obra (como es Otelo) resiste toda arremetida de difamación, mientras que el edificio de lisonja para la obra mala tarde o temprano cumple su destino de Babel.
Pero no sólo hubo falta de reconocimiento para Shakespeare, como sucede con todos los autores que se odian por ser talentosos. También hubo lo contrario. Aquellos quienes se honraron honrando con su reconocimiento al talento edificado. El historiador y crítico francés Hipolyte Adolphe Taine (1828-93) sentenció: "la potencia creadora es el gran don de Shakespeare, y comunica a sus palabras una virtud extraordinaria, haciendo ver en cada frase de un personaje al conjunto de sus cualidades y carácter entero, con una entidad y una fuerza a la que nadie ha llegado aún". Y esto en Otelo.
Sin dudas, Otelo es obra clave en la producción dramática de Shakespeare, y es este personaje arquetipo universal del hombre celoso, el celhomicida, inseguro de sí mismo, a pesar de la templanza de su carácter. Es como si en él el amor fuera talón de Aquiles. Otelo constituye un paradigma literario de primer orden en nuestra cultura; con esa obra Shakespeare nos dejó una historia memorable, inolvidable, tan así que ya es parte de nuestra propia vida. Nadie quien la haya leído la olvidará mientras viva.
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